Flores de Bach: el cuento del Álamo

Frente a la casa en la que crecí había dos álamos.

Me gustaba mirarlos desde la ventana. Me daban calma y seguridad, cosa que a veces me sorprendía, ya que sus ramas se enredaban de forma bastante terrorífica y cuando soplaba el viento, se retorcían misteriosamente, dejando volar la imaginación de manera descontrolada.

Fácilmente podían trasladarte a un cuento de terror de los que te hacían meterte bajo las mantas y no querer asomar la cabeza en toda la noche, sabiendo o creyendo, que fuera están pasando cosas que no quieres ver, cosas que asustan. Cosas que dan Miedo.

Por eso siempre me extrañó que a mi me transmitieran calma. Y más considerando que soy una persona miedosa, sugestionable y de imaginación fácil. Pero no. Yo podía pasarme horas en la ventana de mi cuarto, de noche, observando las ramas del álamo mecerse. Escuchando el murmullo de sus hojas. Contemplando su majestuosidad. Me quedaba prendada del sonido que emitían, como si hablaran, y del movimiento que realizaban, como si bailaran. Cuando había luna, se posaba encima iluminándolos y creaba destellos que reflejaban su luz. Entonces yo dejaba las persianas levantadas y me dormía con aquella imagen fantástica, dejando que los álamos velaran por mi mientras soñaba.

También el sol se ponía tras ellos. Y en los meses de primavera se podían contemplar los atardeceres de tonos anaranjados y violetas que se tornaban rojizos hasta desaparecer. Los álamos siempre estaban ahí. Custodiando mi casa. Firmes y señoriales. Quizá era eso lo que me gustaba de ellos, su firmeza. Nunca se abatían, ni aunque soplara el más agresivo de los cierzos. Aguantaban la lluvia, el viento, el sol. Las tormentas, el frío, el calor. Pasaban los días, los meses, los años, y se mantenían ahí. Imbatibles. Y pese a su armadura de guerreros, me transmitían una ternura desmesurada. Quizá era esa la otra cosa que me gustaba de ellos, que sentía que me protegían.

Eso eran ellos para mí. Seguridad y ternura, la protección perfecta.

Por eso hoy les rindo homenaje. Porque, no por casualidad, he descubierto hace un momento mientras estudiaba las Flores de Bach, que en esta terapia floral el Álamo se utiliza para tratar los miedos difíciles de identificar. El Aspen, o álamo temblón, se aplica frente al miedo a lo intangible e inexplicable, a lo mágico. Se obtienen con él grandes resultados frente a alteraciones del sueño por pesadillas, provocando en el paciente un descanso continuo y profundo. Sus flores están relacionadas con lo místico y con el control del plano astral. El Álamo, en definitiva, potencia las delicadas virtudes de la intuición, el amor y la fe, para ayudarnos a vencer los miedos que nos atormentan.

Y yo que tantas noches me pregunté, ¿qué será lo que tienen esos árboles que, pese a esconder tanto misterio, me tranquilizan y me serenan? – una vez más, la respuesta llega cuando tiene que llegar y me enseña que el amor que siento por este árbol está infundado por verdades inconscientes que se revelan en lo que el Álamo es.

Eso es lo que ellos son. Serenos y sabios. Y eso es lo que ellos me regalan. Serenidad y sabiduría.

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