(Mi)edo

Salió rugiendo desde el fondo de sus entrañas. Como una inyección de agua hirviendo que recorrió sus venas y envenenó su sangre.

Invadiendo hasta el último poro de su piel, le poseyó nublando su vista y empapando su frente.

Y en la sombra de su oscuridad, quiso gritar hasta el desmayo.

Pero su voz se había perdido. Se ahogaba en un espacio entre el cuerpo y el infinito.

Se consumía por dentro. Sentía como se apagaba cada rincón de su alma.

La parálisis devoraba su cuerpo, marchitando cada una de sus células.

Y percibiendo cada una de estas sensaciones que dilataban el tiempo y distorsionaban la realidad, lloró sin lágrimas en el vacío de su ruidoso silencio.

 

  • Sólo es miedo – le dijo.
  • ¿Y qué hago? – le contestó.
  • Acéptalo. Míralo de frente y transfórmalo en amor.

 

Y agarrándose al único destello de luz que pudo vislumbrar, se levantó y caminó. Simplemente.

No sabía muy bien a dónde iba, pero eso ya no importaba tanto. Sonrió. Valiente.

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