¿A quién inspirar cuando no estás inspirada?

Esta es la pregunta que me llevo haciendo yo unos días. Pensando, pero, ¿cómo voy a inspirar nada a nadie si la que está sin inspiración soy yo? Y es que estos últimos días parece que me he olvidado de hacer caso a las señales que el Universo me mandó en mi cumpleaños y he decidido ser testaruda y encerrarme en el “no encontrar sentido a nada”. Y claro, cuando tienes un blog en el que predicas el sentido y la fascinación por la sabiduría del fluir de la vida, sentir interiormente todo lo contrario te hace saltar los circuitos y no sentirte digna de semejante autoridad.

Y es por eso que últimamente no escribo o no publico. Porque me restrinjo a mi misma pensando que si mi energía no es la mejor del mundo, no puedo llegar a la gente. Así que, en mi esfuerzo por superar esta crisis existencial que me corroe por dentro, me he dicho de forma ya determinante: oye, yo voy a escribir sobre lo que me pasa porque, punto uno, así lo suelto; y punto dos, porque quizás de nuevo ahí resida la paradoja de todo esto. Y el aprendizaje, por supuesto.

Porque quizá el no sentirme inspirada, el sentir que mi vida vaga sin rumbo fijo, el pensar que estoy equivocada todo el tiempo en las decisiones que tomo o el dudar cada día de si lo que hago me va a llevar a algún sitio productivo, es lo que hace que la gente pueda empatizar. Porque he pensado que a lo mejor hay más gente que, al igual que yo, necesita saber y ver que otros también andan perdidos aunque parezca lo contrario. Y es entonces cuando me invade una valentía inexplicable y me atrevo a enfrentarme a un folio en blanco para contar que mi vida no es tan feliz ni divina como pueda a veces parecer desde fuera. Y creo que es justo esto lo que va a hacer que precisamente sí inspire o sí conecte con quien le pase lo mismo.

Quizá sea este acto psicomágico de la escritura los que me de además la llave para cerrar esta fase. Cuando me encuentro en estos puntos suelo pensar que esto es solo un sentimiento pasajero, porque, en realidad, recordémoslo, todo es pasajero y nada es estático, así que digo yo que esto se pasará.

La cuestión es que cuando estoy perdida o en plena fase de desesperación me gusta buscar en internet alguna herramienta de coaching, algún texto de algún gurú o alguna referencia neuro-emocional que me ayude a entender qué me pasa y qué puedo hacer para remediarlo. Meeec. Error. Porque, ¿sabéis lo que encuentro? Frases inspiradoras tipo Mr. Wonderful, que me enervan porque parece que me las hayan puesto ahí a propósito para decirme: con lo fácil que es, no sé porqué te cuesta tanto estar mega happy; o chicas fantásticas con sus blogs fantásticos en los que todo es felicidad, armonía, paz mental y vida satisfactoria y que a mi me hacen sentirme todavía más desdichada porque mi vida no es como la suya, cuando, en el fondo, no tengo motivos lo suficientemente dramáticos para ello.

 

Y por eso en esos momentos yo pienso. ¿Pero por qué en las redes sociales y el mundo virtual todo el mundo es feliz? Y todavía me siento peor.

 

Pero, ¿sabéis qué? Que es mentira. No es mentira que la gente sea feliz, no. Es mentira el mundo escaparate que se ha creado en las redes sociales para mostrar que todo es maravilloso.

Pero detrás de toda esa maravilla también hay lucha interna, y desasosiego, y miedos y envidias, y tristeza, y frustración… y a veces lágrimas. Porque lo que hay detrás son personas. Personas como tú y como yo, con sus momentos malos y buenos. Y no solo los buenos son reales. Los malos también lo son y cuestan mucho y esos no se comparten tanto. Pues yo digo ¡a la mierda con eso! Yo lo comparto, y lo digo y no me importa. Me libero.

A ver, que no estoy diciendo que quiero que todo el mundo se ponga a contar sus desgracias por Facebook. A mi me encanta que la gente sea feliz y que si quiere nos lo cuente, pero no hay que pensar que lo que la gente publica en sus perfiles es lo único que existe en sus vidas. Porque la vida es un equilibrio de sensaciones y sentimientos y emociones. Y ninguna puede existir sin su contraria. Así que hay que aceptarlas todas y quererlas a todas por igual.

A mi me encanta sentir que todo fluye y me gustaría transmitir esa energía a los demás, sí, pero a veces me cuesta también. Actualmente no tengo un trabajo estable ni definido, vivo en una ciudad que no sé si me gusta del todo, no me entiendo del todo con mi familia, tengo traumas, soy insegura, me cuesta dejarme llevar… Todo eso y más me pasa. Pero ante todo soy sincera conmigo misma. Porque esa es la manera de conocerse, entenderse y aceptarse. Y hay que saber que todas y cada una de las personas que te cruzas por la calle tienen sus conflictos internos. Así no nos sentimos solos.

Es posible que, en el fondo, no haya que estar inspirado ni iluminado para inspirar o iluminar a los demás.

Solo hay que ser. Y conectar.

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3 comentarios en “¿A quién inspirar cuando no estás inspirada?

  1. Con cada acto, con cada reflexión, con tu presencia, inspiras, enseñas y todo absolutamente todo, forma parte de un aprendizaje y tu camino. No siempre podemos ser felices pero sí optar por estar en paz y aceptarlo como una parte del camino.

    Un abrazo cargado de energía positiva e inspirador!!

    Estela.

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  2. He estado leyendo varios de tus posts y los he encontrado interesantes, útiles e inspiradores. A todos nos pasa estancarnos, dejar de escribir o crear o dejar de hacer lo que nos gusta a veces sin un motimo claro aparente, fuera del común “no tengo tiempo”. Es bueno encontrar en la web personas con las que puedas empatizar en la buenas y en las no tan buenas. Lindo blog! 🙂

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